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Lo que esconde la necesidad de controlarlo todo

Muchas personas quieren tomar decisiones tan sólo sabiendo que tendrán un absoluto control sobre los resultados de éstas, teniendo certeza de que, por ejemplo, no se equivocarán. El querer controlarlo todo viene determinado por el miedo al fracaso, a la incertidumbre  y está relacionado con la inseguridad en nosotros mismos.

Cuando sentimos que los problemas que se nos plantean en el día a día son más grandes que las herramientas que tenemos para hacerles frente, nuestro nivel de sufrimiento aumenta considerablemente. Uno de los mecanismos de defensa que tenemos para que eso no suceda es tratar de controlar el entorno para que no aparezcan los problemas, o para que, si aparecen, sepamos o creamos saber manejarlos y solventarlos. En muchas ocasiones, esa imposibilidad de controlar genera tal nivel de ansiedad que se alivia a través de conductas maniáticas (o incluso obsesivas) relacionadas con la  limpieza, el orden…donde la persona tiene la ilusión de ejercer algún tipo de control.

Todos nosotros hemos sido educados para buscar la seguridad; en la pareja, en el trabajo, con los hijos…

Todos nosotros hemos sido educados para buscar la seguridad; en la pareja, en el trabajo, con los hijos… Sin embargo, no nos han preparado para los cambios como el desempleo, el divorcio o la aparición de una enfermedad. Paradójicamente nos educan para la búsqueda constante de la estabilidad. Aspiramos a tener garantías de que todo permanecerá igual, que será estable y seguro. Esto es tan absurdo como pedir que siempre sea de día.

Planificar, prepararse, encargarse con responsabilidad de los asuntos, ser precavidos… resultan acciones positivas si se traducen en una conducta que apoya el logro de nuestros propósitos y nuestra vida cotidiana. Pero cuando el querer tener todo bajo control se lleva al extremo, tendemos a ser intolerantes con lo errores y a instalarnos en la frustración.

la persona controladora cree que sabe lo que le conviene a la gente de alrededor.

Por otro lado, la persona controladora cree que sabe lo que le conviene a la gente de alrededor, “porque la conocen bien”. Por muy bien que conozcamos a nuestra pareja, a nuestra familia o a nuestros amigos, son ellos mismos los dueños de su vida, y son ellos los que toman las decisiones de lo que ellos creen conveniente o no, sobre lo que quieren y les apetece.