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Salva, el mito del gordito feliz

Salva asegura que es “gordito desde siempre”, aunque tras el servicio militar y la muerte de su padre su peso empezó a incrementarse de manera desproporcionada. Cuando es seleccionado para participar en La Báscula pesa 223,5 kilos a sus 41 años de edad.

Está casado y tiene una niña pequeña. Reconoce que su obesidad le impide realizar actividades gratificantes con su hija y que siente no poder disfrutar plenamente de su crianza.

Uno de los calificativos que podría definir a Salva es la exageración. Todo lo que realiza Salva en relación con la comida es excesivo.

Cuando recuerda su banquete de boda hace referencia a la gran comilona que preparó aquel día. Cada vez que organiza una barbacoa con sus amigos presume de su capacidad para devorar alimentos sin parar. Sentado a la mesa es incapaz de controlarse y muestra a los demás comensales sus platos a punto de desbordarse. Si sale de pesca con los amigos, sus bocadillos son los más grandes… Pero lo más grave es que Salva parece sentirse orgulloso de todo ello. Vemos que esa conducta alimentaria exagerada le proporciona un estatus, una manera de relacionarse y de sentirse querido, es decir, cumple una función social. Nos explicamos.

Cuando visitamos su pueblo, las personas aluden a Salva como el “que más come”, al tiempo que se preocupan por su salud dándole cariñosos consejos y por último hacen referencia a su generosidad para con los demás. Generosidad que se pone de manifiesto con sus amigos, vecinos y conocidos, a quienes agasaja con abundantes y exquisitos manjares. Él refiere sentirse bien si la gente a su alrededor está contenta. Uno de los aspectos psicoterapéuticos a trabajar con Salva fue enseñarle que no necesitaba la exageración y dañarse a base de atracones para relacionarse y sentirse querido. Asimismo, le instamos a ocuparse de sí mismo y no estar tan pendiente de los demás.

A Salva le resultaba más fácil ayudar a la gente que enfrentarse a sus propios problemas, tendiendo a olvidarlos a través de la comida.

La primera lección la aprendió en la sala donde se reunían los participantes de La Báscula antes de iniciarse la grabación del programa. Con su mejor intención y como era costumbre en él, acudió en un par de ocasiones provisto de ricos alimentos calóricos típicos de su pueblo con el fin de ofrecerlos a los demás equipos. Su sorpresa y desconcierto surgieron cuando contrariamente a lo esperado, los demás participantes interpretaron su gesto como una manera de tentarles para desviarles del objetivo de perder peso. Por primera vez, sus manjares, lejos de proporcionarle estatus y la aceptación del grupo, provocaron un rechazo generalizado por parte de todas esas personas que luchaban contra los riesgos que conlleva la obesidad. A partir de entonces pudimos trabajar con los sentimientos de malestar, culpa y vergüenza que escondía Salva ante la incapacidad de poner solución a la ingesta desproporcionada y por consiguiente a su exceso de peso.

También resultó muy positiva para Salva su experiencia con Daniel Arazola y sus tres compañeros de equipo. Aquel día los cinco caminaban disfrutando de las maravillas del paisaje hasta que en un cierto punto del recorrido Salva tuvo que detenerse. Una simple pendiente le impidió bajar junto al resto del equipo a un bello paraje de la Serranía de Ronda. Se vio obligado a contemplar desde lo más alto de una escarpada pendiente cómo sus amigos continuaban con la caminata y hacían ejercicio. Sintió impotencia y comprendió que estaba malgastando su vida. Su obesidad, antes que un motivo de risa y de orgullo, era una fuente de decepciones, un obstáculo para gozar de la vida. Meses más tarde, espoleado por aquel revés, Salva perdió peso de manera considerable y consiguió bajar junto a Dani a aquel hermoso lugar que poco tiempo atrás había mirado con ojos vidriosos.

Extraído del libro “El método del bienestar”