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Obesidad, un escudo para el dolor

Marta y Alfredo son nombres ficticios, pero la historia de cada uno es real. Y representa la de muchas personas que he tratado en consulta. Hoy voy a contar el caso de ella, el de Alfredo lo haré en otro momento.

Marta tenía 32 años cuando vino a verme. Era una chica muy sensible, amable, tímida y presentaba un problema de obesidad severo. Había hecho mil dietas pero como ocurre con gran frecuencia volvía a recuperar el peso perdido.

Le costaba hablar de sí misma en profundidad, es como si no quisiera dar demasiados detalles sobre algunos aspectos de su pasado, por lo que la terapia transcurría a un ritmo lento, el que ella necesitaba. Dejó claro que su prioridad era la pérdida de peso, así que empezamos instaurando progresivamente hábitos de vida saludable, algo que repercutió muy positivamente en su estado anímico y por consiguiente en su calidad de vida.

Marta es muy atractiva, y con la pérdida de peso ganó además en salud. Como gran parte de las personas que empiezan a perder peso se ilusionó comprando ropa nueva, saliendo, arreglándose, relacionándose… en fin nada que no sepáis.

Sin embargo llegó un momento en el que empezó a dejarse: comía más cantidades de las necesarias, volvió al consumo de ultraprocesados, fue abandonando el ejercicio y su estado de ánimo empeoraba progresivamente. Pero no abandonó la terapia, es más, decidió hablar.

Cuando tenía 12 años sufrió abusos sexuales por parte de una persona de su entorno. No voy a dar muchos detalles más, duele ver el sufrimiento y las secuelas devastadoras de estos actos infames en el desarrollo psicosocial. Entre las muchas secuelas, Marta utilizó la comida en su infancia como mecanismo compensador y posteriormente como escudo protector. En el momento que volvió a sentirse observada, admirada o deseada boicoteó su camino hacia el peso saludable.